En el vasto mundo de las redes sociales, cada perfil parece convertirse en una especie de producto, cuidadosamente diseñado para ser consumido con rapidez. Entrar en este espacio es aceptar que te encuentras en un catálogo, donde las primeras impresiones cuentan más que nunca y las decisiones se toman con un simple deslizar del dedo. Podría parecer frío, incluso deshumanizante, pero ¿realmente tiene algo de malo?
La superficialidad de este entorno no es algo intrínsecamente negativo. Al contrario, es una manifestación de nuestra naturaleza humana: somos criaturas visuales, atraídas por lo que armoniza con nuestros sentidos. No se trata de negar que «lo de encima» importa, porque lo hace. La apariencia, la actitud, incluso la energía que alguien proyecta en una foto o en un texto breve, son señales que nos ayudan a navegar en un mar de posibilidades. Lo que importa es reconocer que esta superficialidad no debe ser el punto final, sino el inicio de una exploración más profunda.
Sin embargo, al deslizar constantemente, surge un fenómeno peculiar: el juicio rápido. Sin conocer a las personas más allá de una imagen o una frase, las etiquetamos: “este es aburrido”, “su sonrisa no me gusta”, “parece demasiado perfecto para mí”. A veces, incluso, nos burlamos de los perfiles que parecen «fuera de lugar». ¿Es esto cruel o simplemente humano? Tal vez ambos. Emitir juicios es un mecanismo natural, pero es importante reflexionar sobre el impacto de estos pensamientos. Mientras se mantengan en nuestra mente, no tienen por qué lastimar, pero si se exteriorizan sin sensibilidad, pueden reforzar las mismas dinámicas que criticamos.
Lo más interesante de esta dinámica es que, a menudo, nos proyectamos en ella. Buscamos equilibrio, alguien que encaje con nosotros de una manera casi matemática: «si soy de tal edad, contextura, energía, busco algo similar». Este deseo de compatibilidad no es superficial; es un intento de encontrar resonancia, un punto de conexión que se sienta auténtico. Pero aquí surge una contradicción: mientras deseamos equilibrio, rechazamos aquello que no encaja con nuestra percepción inicial. ¿Nos volvemos demasiado selectivos? ¿Nos estamos cerrando a posibilidades que podrían sorprendernos? Tal vez, pero también es una forma de protegernos de conexiones que no se sienten genuinas.
Al mismo tiempo, vivimos en un mundo que nos dice constantemente que deberíamos estar con alguien. Escuchamos frases como “una chica como tú debería tener muchos pretendientes”, como si la validación de nuestra existencia dependiera de encontrar pareja. Esta narrativa puede ser agotadora, especialmente para quienes, como yo, sienten que sus probabilidades de encontrar a alguien son más remotas. Y está bien. Reconocer esto no es resignarse, sino aceptar que la vida no sigue un guion universal. No todas las historias necesitan un final romántico para ser completas.
En el fondo, la experiencia de estar en un «catálogo» nos invita a reflexionar sobre nuestras prioridades y creencias. Tal vez lo que buscamos no está en los perfiles que descartamos, sino en la forma en que nos acercamos a ellos. Tal vez no es el mundo el que espera que expliquemos nuestra postura, sino nosotros mismos, intentando justificar por qué no seguimos la narrativa dominante. Y tal vez, solo tal vez, no necesitamos justificar nada.
Porque estar en un catálogo no tiene nada de malo. Es solo una parte más de nuestra realidad, un espacio donde podemos jugar, explorar y, si tenemos suerte, encontrar algo que nos haga detener el dedo y mirar un poco más de cerca. O no. Y eso también está bien.