Hablar de la convivencia con Betopocho puede llevarnos a infinitos temas: desde el origen de los cerdos, hasta la domesticación, el cuidado, el abandono, o la explotación; y, a veces, no es sencillo saber por dónde empezar.
Por ello creo que hay una manera de ordenar estas conversaciones a partir de tres dimensiones: sintiencia, relación y justicia, para aproximarnos a una misma pregunta: ¿cómo entendemos y nos relacionamos con los demás animales?
Sintiencia: ¿quién es el animal?
Antes de preguntarnos si un animal es mascota, animal de granja, de laboratorio o de cualquier otra categoría creada por los humanos, existe una cuestión más básica: ¿quién es el individuo que tenemos delante?
Un cerdo experimenta el mundo. Siente dolor y bienestar, tiene preferencias, explora, busca determinadas experiencias y evita otras. La sintiencia permite reconocer que existe alguien para quien lo que le sucede importa.
Betopocho puede ser denominado minipig y otro cerdo puede ser clasificado como animal de producción. Existen diferencias físicas derivadas, entre otras cosas, de la selección realizada por los humanos, pero estas categorías no modifican el hecho fundamental: ambos son individuos sintientes.
La consideración de los animales como sujetos de una vida propia tiene una presencia importante en la ética animal contemporánea; desde perspectivas distintas, autores como Martha Nussbaum han relacionado la sintiencia y las capacidades de los animales con cuestiones de justicia (Justice for Animals, 2022).
Relación: ¿qué hemos decidido que el animal sea para nosotros?
Reconocer la sintiencia todavía no explica por qué tratamos de maneras radicalmente diferentes a individuos capaces de sentir. Para ello es necesario observar la relación que los humanos hemos construido con los demás animales.
Mascota, animal de producción, animal de laboratorio o animal silvestre no son únicamente descripciones del animal: expresan también la posición que le hemos asignado dentro de nuestras sociedades.
La domesticación y la selección han producido animales dependientes de nosotros y destinados a distintos propósitos. Por eso, autores como Sue Donaldson y Will Kymlicka han propuesto que nuestras obligaciones hacia los animales no pueden analizarse solamente a partir de sus capacidades individuales, sino también considerando las relaciones históricas y sociales que hemos establecido con ellos (Zoopolis, 2011).
Esto permite cuestionar incluso una expresión aparentemente inocente como “quiero un minipig”. La pregunta suele partir del deseo humano: qué animal quiero, cómo quiero que se vea, cuánto quiero que crezca. Pero podemos invertirla: ¿qué necesita ese animal?
El abandono de cerdos que dejan de responder a las expectativas de quienes los adquirieron muestra una de las consecuencias de concebir primero al animal desde aquello que esperamos obtener de él.
Justicia: ¿cómo deberíamos tratarlo?
Llegamos entonces a una tercera dimensión. Si reconocemos que los animales son sintientes y que muchas de las categorías que determinan su destino responden a relaciones construidas por los humanos, corresponde preguntarnos si esas diferencias de trato están justificadas.
¿Por qué un cerdo recibe protección porque lo llamamos mascota mientras otro puede ser reproducido, explotado y finalmente matado porque lo clasificamos como animal de producción?
Aquí aparecen el especismo y el veganismo. El veganismo, entendido como una posición ética, no comienza en la alimentación. La alimentación es una de sus consecuencias prácticas. La cuestión previa es qué justificación tenemos para utilizar a otros animales para nuestros fines.
Por eso tampoco considero que el amor por los animales sea el fundamento necesario. No tenemos que sentir afecto por todos los individuos para reconocer que sus vidas merecen consideración.
No necesito amar a alguien para respetar su vida.
Betopocho es un individuo al que conozco y amo, pero eso no hace que su vida tenga mayor valor que la de un cerdo que nunca conoceré. Precisamente ahí está la cuestión antiespecista: qué ocurre cuando dejamos de preguntarnos qué lugar ocupa un animal para nosotros y comenzamos a preguntarnos qué significa su propia vida para él.
